Todo empezó con una llamada cualquiera, un día cualquiera.
Una mujer preguntó si alquilábamos nuestra casa.
Vivíamos allí, con nuestras cosas, nuestra vida y nuestros niños.
Nunca lo habíamos considerado.
Pero pregunté, casi con curiosidad:
—“¿Y cuánto pagáis?”
Cuando escuché la cifra… supe que algo estaba a punto de cambiar.
Colgué, miré a mi marido y dije:
—“Pequeño… he alquilado la casa.”
La cara de susto que puso podría haber sido un meme.
Pero cuando le dije lo que pagaban… se relajó.
Y empezamos a planear.
Con ese dinero compramos una caravana.
La colocamos en un terreno precioso que gestionaban mi marido y mi cuñado, entre amigos, sin ánimo de lucro.
Había tres casitas allí, descuidadas pero llenas de potencial, a un paseo de Valdevaqueros.
Como acabábamos de tener a nuestro segundo hijo (tres meses), decidimos hacer una prueba:
vivir una semana en la caravana para ver si era viable.
Y pasó algo inesperado.
En esa semana, los bebés durmieron mejor que en casa.
Dormían, les oÍamos respirar cerca, descansaban… y nosotros también.
Tanto, que lo que iba a ser una prueba de siete días se convirtió en una decisión de vida:
nos quedamos todo el verano.
Y ese fue el punto de inflexión.
Mientras vivíamos allí, en una caravana en medio del campo, fui viendo un futuro que todavía no existía… pero que ya podía sentir.
Muy suavemente, poco a poco, empecé a empujar:
“Podemos arreglar estas casas.”
“Podemos alquilarlas.”
“Podemos vivir de esto.”
“Podemos hacer algo bonito aquí.”
Y lo hicimos.
Primero como un pequeño experimento.
Luego como un negocio rentable.
Y mientras tanto, nosotros viviendo en la caravana seis maravillosos veranos… aprendiendo sobre desapego, sobre vivir con menos, sobre libertad real.
Ese contraste de invierno en colegio privado y en verano en nuestra caravana, ha sido una fórmula mágica para la educación de nuestros hijos.
Caravana glamurosa, eso sí; super vajilla, super camas, sábanas sedosas, champagne para las visitas…
Mi hijo mayor subía a la copa para desayunar allí arriba. Ese era nuestro comedor.
Mientras tanto yo empezaba a gestionar casas ajenas.
A aprender.
A crecer.
A construir un colchón para nuestras futuras inversiones.
Y así, sin prisa pero sin pausa, llegamos hasta hoy:
Tres villas propias,
Un apartamento en el pueblo,
Mi futura oficina,
y una parcela preciosa con una ruina que pronto revivirá.
Lo más bonito es que, aunque la caravana ya quedó atrás como un recuerdo precioso lleno de vivencias, no perdimos lo que nos regaló: seguimos viviendo con desapego.
Hoy tenemos una casa muy bonita con las mejores vistas en Tarifa, nuestro refugio cuando toca parar.
Pero seguimos moviéndonos: de casa, de ciudad, incluso de país.
Porque entendimos que la libertad también se practica.
Y esto es posible gracias a algo que nos llena de orgullo:
tenemos un equipo humano increíble.
Un equipo que cuida cada casa con el mismo cariño con el que lo haríamos nosotros y que nos permite llevar el control desde cualquier parte del mundo sin perder calidad, orden ni calidez.
Esta empresa nació de una caravana,
de una semana que cambió un destino,
de escuchar la intuición,
de seguir una idea loca,
de creer en el desapego,
y de descubrir que las experiencias bonitas —cuando se cuidan de verdad— pueden sostener una vida entera.
Y en ese camino aprendimos algo más:
Quien tiene una casa, tiene un negocio.
Un negocio que puede darte rentabilidad, sí… pero también algo mucho más valioso:
libertad de tiempo, libertad mental y libertad de vida.
Por eso hoy, además de abrir nuestras puertas a viajeros que aman Tarifa, queremos ayudar a otras familias a descubrir que una vida puede convertirse en una aventura maravillosa si te atreves a imaginarla así.
Tu casa puede ser tu negocio.
Y tu vida puede convertirse en una aventura maravillosa.
Esa es nuestra historia.
Ese es el alma de CASAS PÁJARO.